Sensaciones

Recopilación de sensaciones experimentadas durante los viajes

Al alba entre adobe

Desperté. Me asomé al balcón de aquella casa de barro donde había pasado la noche, tras un agotador viaje de 13 horas, la jornada anterior, en una furgoneta de reparto de Coca-cola.

Encendí un cigarro de extraño tabaco maliense mientras contemplaba las azoteas de aquella ciudad de barro: La mítica, mística y emblemática Djenné, en el corazón de Malí. La ciudad que alberga la mezquita de adobe más grande del mundo.

Era curioso admirar cómo las primeras luces del día se filtraban entre las irregulares edificaciones y generaban un ambiente de rayos luminosos que evidenciaban el polvo que inevitablemente flotaba en el ambiente.

Un momento. De esos momentos en los que sólo observas y te das cuenta de que eres un privilegiado por poder ver con otros ojos lo que aquí es cotidiano. Y sonríes, pensando que ha merecido la pena el largo viaje.

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El infierno en La Tierra

Quería salir de allí. Llevaba varios días en ese poblado incomunicado dentro de la isla pasando situaciones difíciles y quería irme a casa, una casa que aún estaba a días de viaje y a decenas de miles de kilómetros. Malí se me había hecho demasiado duro, por diversos motivos. Pero ya estaba en aquella piragua que habría de acercarme a Mopti surcando el río Níger. Lo que aún no sabía en aquel momento ,en el que con mis casi 40 grados de fiebre -y preocupado por el Ébola- estaba viendo como un niño subía con su gallina a bordo, es que me esperaban 20 horas en aquel habitáculo, confinado con cientos de personas, vacas, cabras, cucarachas y ratas. 20 largas horas, en las que no pegaría ojo, y en las que una tormenta tropical nos acecharía. Aún no lo sabía, mientras tomaba esta imagen…

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10 conceptos básicos (que en África no lo son tanto…)

Enumero una lista de conceptos absolutamente básicos, que por alguna razón en África no parecen tener claros:

1) Los enchufes en sitios normales.
No, no. Aquí nada de enchufes al lado del cabecero de la cama para poder dejar algo cargando o para algo tan sencillo como apagar la luz desde la cama. La comodidad da igual. Y eso de poner una mesita o algo al lado del enchufe tampoco. Porque un enchufe sirve para dejar cargando algo que tendrás luego que apoyar en algun sitio, ¿no?. Pero bueno, ese problema no incumbe al que decide donde poner los enchufes aquí. Un enchufe estará donde aleatoriamente caiga, si es en la otra punta de la habitación, allí será, si es incluso arriba del marco de la puerta (ver imagen), perfecto, pues allí. Luego hay que ingeniárselas para usarlos.

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2) Los taxis.

¿Cómo que taxi? ¿Un coche que te lleva a sitios? Este mismo.
– No pero me refiero a…
– Que subas, que te llevo.

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3) Las duchas.
África. 50 grados a la sombra. Una ducha frente a tí. Estás apunto de llegar al clímax. Deseando que un potente chorro de agua recubra tu piel para aliviar el bochorno, para calmar las picaduras, para quitar por fin, tras varios días, toda la capa de tierra que recubre tu piel. Y entonces esto….

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Noooooo. Ese tipico «hilito de agua» de las duchas africanas. ¿por queeeeee?. Eso es jugar con nuestras ilusiones. La imagen de una ducha es el paraíso, hasta que abres el grifo y ocurre. ¡El maldito chorrito africano! La presión del agua debería pasar a ser un tema de Estado allí. Frustra mucho tratar de darte una reparadora ducha en estas condiciones. Aunque algo es algo. Lo prefiero a la variante siguiente.


3 b) La variante «cubo».
Esto también es una ducha eh. La famosa ducha africana. Entras a ducharte y te encuentras esto. ¿Cómo se usa?. Pocas instrucciones hacen falta. Pero no lo llaméis ducha cabrones, que uno se hace ilusiones.

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4) Las cervezas frías.

El concepto cerveza caliente creo que estaremos de acuerdo en que no debería existir, y más aún cuando llevas todo el día bajo un sol abrasador. Y ojo, yo entiendo que hay zonas en las que no puedes tener un refrigerador y en ese caso pues te terminas hinchando a cerveza caliente, si. Pero lo absurdo viene cuando ves que te la están sirviendo caliente, directamente del almacén y justo al lado tienen un frigorífico con sitio libre… ¿Pero que está pasando aquí?.

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5) La comida sin picante.

Este ítem es aplicable tanto a África como para el sudeste asiático. A ver amigos, si yo pido algo «sin picante» es sin picante. No cabe más interpretación. No estoy queriendo decir «en vez de picante nivel infierno pónmelo picante nivel quemadura de segundo grado», no no, no quiero que pique en absoluto. Esto va para todas las Ingeras que tuve la desgracia de tener que comer en Etiopía, sobretodo.

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6) Los buses privados.

Exacto, tú también te has dado cuenta que esto no es un bus, sino una furgoneta de la segunda guerra mundial. Ah, y también te percatas que tienes un concepto diferente de la privacidad cuando recogen al segundo negro por el camino…

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7) Gratis.

Gratis es otro concepto que debería ser Universal, ¿no? De hecho tampoco cabe mayor interpretación. Pero ¡Ah! incauto, la mente de un africano es distinta. Gratis es «no te voy a cobrar por lo que me estás pidiendo, pero te voy a cobrar por cualquier otra cosa aleatoria que se me ocurra y que me pagues por ello es innegociable».

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8) NO.
Otro de los clásicos. La negación absoluta. Creo que en africano se traduce como: «me lo voy a pensar» o eso es lo que deben entender cuando les dices «no». La insistencia, las miradas en plan «si al final vas a caer tonto…» son típicas.

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9) El papel del WC.
No lo sé. No me preguntes. Simplemente no está.

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10) Un mechero.

Que mechero ni que mechero. Si acaso cerillas. O incluso dos piedras he llegado a ver… Y del papel de liar ni hablemos.

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PD: Todas las imágenes de este post han sido tomadas en nuestros viajes.

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Los mercados africanos

 

Uno de los entornos más atractivos que siempre se da cuando se visita un país del África negra es el de los mercados.

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Llegas a una ciudad y bajas del bus, ves un bullicio de gente yendo y viniendo, de gente en el suelo, y sabes que allí hay un mercado. Y obviamente vas a adentrarte en él.

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Es un Universo cultural el que sucede en los mercados de esta zona del mundo. Se trata de grandes conglomerados de gente realizando actividades comerciales de su vida diaria. Un ir y venir de personas y otro tanto de ellas sentadas en el suelo con la mercancía a la vista. Puedes encontrar de todo: hierbas, especias, frutos secos, artesanía, ropa, etc… Todo ello suele estar organizado por secciones. Verás a gente circular con grandes cestos donde guardan lo que han adquirido.

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Estos lugares pueden impresionar en un principio, sobre todo si no estás acostumbrado a ello y más aún si se trata de un pueblo no excesivamente turístico en el cual tú mismo puedes resultar extraño para los habitantes locales. Los sentidos se expanden. Oyes a la gente hablar por todas partes, una extraña mezcla de todos los aromas de los productos a la venta se funde en tu nariz, las miradas se clavan en ti, en el blanco que acaba de entrar al mercado, te llamarán, te agarrarán, querrán venderte cualquier cosa, eres blanco y eso quiere decir que tienes dinero. Y si consiguen venderte algo, seguramente será a un muy buen precio para ti, y a la vez te habrán estafado, vendiéndolo a un precio mucho más elevado del que lo venden a un local. Es ese extraño status quo: me ha salido muy barato, pero se que aun así es caro para haberlo comprado aquí.

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Los niños te seguirán, darán mucho juego y serán amables, puede que hasta alguno se ofrezca para hacer de guía por el mercado (por supuesto pidiendo dinero después por ello).

 

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Si quieres comprar algo intenta, una vez lo hayas visto, alejarte del mercado o al menos abstraerte de él mentalmente. No muestres interés en el objeto, sólo obsérvalo y pasa de largo. Recuerda dónde está. Tómate unos minutos para pensar cuánto quieres pagar por él. Cuánto estás dispuesto. Y entonces puedes volver, como el que no quiere la cosa, respirar hondo y comenzar a regatear. Te van a pedir una cantidad inicial, muy por encima de su precio real (aunque te parezca barato, pero piensa que estás en otro país donde ése precio que te dicen de primeras es entre 3 y 10 veces el valor al que lo venden normalmente). Ofrece tú una cantidad muy por debajo de lo que quieres pagar y que comience el juego… No te agobies si se indignan con los precios que dices, forma parte de su papel y del juego de la compra-venta.

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Pero sobre todo, compres o no, disfruta del ambiente, pasea por el mercado, mira a sus gentes, observa y se observado. Aprovecha ese intercambio cultural que se produce. Es otro mundo y tú estás en él ahora mismo. Yo echo de menos, cuando estoy en España, a veces, esa sensación de perderme en el caos comercial de un pueblo africano, se me hace entrañable… Aunque he de reconocer que puede ser estresante, pero es un estrés adorable cuando le coges cariño. Fíjate en los productos; muchos de ellos no tendrás ni idea de que son.

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¿Quieres sartenes? ¿Utensilios de plástico? En los últimos tiempos hay objetos más modernos entre los que se venden en los mercados del África central, junto con los tradicionales y rústicos. Busca algo que te guste. Si te apetece un recuerdo… Se pueden encontrar cosas interesantes.

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La gente suele ser muy amable, y no hay problemas; eso sí, como en cualquier aglomeración humana (sea en Mauritania o sea en Barcelona) lleva cuidado con tu cartera y tus pertenencias. Mi experiencia me dice que no suele pasar nada (me han robado varias veces en Madrid, Alicante o Málaga, pero nunca en África) pero más vale prevenir. También decir que a los africanos de estos países no les interesa lo más mínimo quedarse con tu cámara de fotos o tu móvil, no lo asocian a objetos valiosos, no sabrían usarlo ni a quien vendérselo ni como se carga.

Si vas con un africano pregúntale antes de pujar por un objeto, podrá orientarte sobre precio real. Pero no dejes que lo compre él, es un consejo, ya que experimentar el regateo es una experiencia interesante y si estás ahí merece la pena integrarse en las costumbres.

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Y como siempre digo, recuerda que en África el negro eres tú. En algunos sitios puedes ser una atracción. Como un extraterrestre. Acostúmbrate a saludar a los niños, a dar la mano a quien te la extienda y acostúmbrate también a que te miren; a que te miren descaradamente. No suelen tener filtros ni pudores en este tipo de cosas. Te van a clavar la mirada fijamente, te van a rodear y observar de arriba a abajo, mirarán tus zapatillas y que marca es (les encantan las zapatillas, sobre todo Nike y Adidas) te mirarán la ropa, reloj, pulseras; y te preguntarán una y mil veces de que equipo de fútbol eres. Ten en cuenta que eres en ese momento su puerta a occidente, su conexión con las marcas de ropa, con Leo Messi y con Cristiano Ronaldo. Se amable y disfruta de ser famoso por ser blanco 😉

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PS: Todas estas imágenes son de una visita a un mercado en una pequeña población de Etiopía.

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Extraordinaria África

Hoy en Camino Sin Fin nos hemos levantado con un mono increíble de África.

Sin duda, nuestro próximo viaje volverá a ser a ese apasionante continente.

Y para colmo hemos recibido el trailer del fantásico documental que está apunto de estrenarse «Extraordinary África». Disfrutadlo y soñad. Dentro de poco estaremos de nuevo allí. Y lo contaremos para todos vosotros.

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El síndrome del eterno viajero

Comparto con vosotros este vídeo que ha llegado a mí y me ha emocionado, por sentirme identificado al 100% con cada palabra y cada sensación. Creo que no habría podido expresar mejor mi propio sentir respecto a mi vida y a mis viajes, soy un bicho raro más de esos que sufren este síndrome. Espero con el tiempo hacer partícipe a más gente y que se unan a este «Camino Sin Fin». Con el título del blog que comencé hace no mucho ya dejaba entrever las sensaciones que en este video se expresan «Sin fin» también significa «Eterno». Poco a poco, cuando vaya subiendo mis diarios, fotos y vídeos de viajes, veréis como sale el espíritu de cada detalle de lo narrado en este increíble vídeo. Gracias a Lucía, Sandra y Rubén, a los cuales no conozco, pero hay algo intangible que nos une….

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Cómo ser encantador de serpientes – Sensaciones de Marruecos

En Septiembre de 2009 hice mi primer viaje a Marruecos. En esa ocasión visité Marrakech y Essaouira.

Al llegar a la capital magrebí, como todo aquel que llega a esta cuidad, me vi sometido a la fuerza gravitatoria que la principal plaza de la ciudad (المدينة)  ejerce. Se trata de Jemaa el Fna (جامع الفناء).

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Jemaa el Fna o Yamaa el Fna, según la traducción fonética que se haga, es un lugar…. Absolutamente único en el mundo: es misterioso, mágico, decadente, popular, oscuro, abarrotado, nasal, muy nasal. Puedo decir que es uno de los lugares más vivos en los que he estado jamás. Un tránsito continuo de gente, colorido de trajes (si no es Ramadán), mezcla de razas, gritos, olor a frito 24 horas, suciedad, risas, miradas que se entrecruzan clavándose, mezcla de culturas, comercio, fusión de sonidos compuestos por tambores, cantos y flautas. Flautas, de estas últimas es de lo que voy a hablar más adelante.

La primera vez que vi esta plaza fue en ese viaje, llegaba del aeropuerto y estaba improvisando algún lugar en el que dormir mientras algunos comerciantes no hacían más que agobiarme un poco. Yo iba andando por la calle tratando de no hacerles mucho caso…. Llevaba un plano y quería llegar al centro de la ciudad antes de decidir donde me hospedaba. De repente, en mi camino, empecé a notar un bullicio de gente en el siguiente cruce, el cual estaba custodiado por diversos carros con caballos, y según me iba acercando mis sentidos iban expandiéndose: un fuerte olor a pescado frito, una inexplicable mezcla de sonidos, el calor de la gente… Y fue justo en el momento que giré la esquina cuando me dí cuenta que aquello que tenía ante mi era Jemma el Fna. Había leído sobre aquel lugar, pero como suele ocurrir, nada es comparable a estar ahí. No podría explicar que tiene ese sitio, porque obviamente no se trata del lugar, no existe nada monumental, nada físico impresionante, nada que explique por sí solo aquel ambiente. Es lo que allí ocurre, la gente, la atmósfera.

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Me quedé varios minutos petrificado contemplando aquella plaza con mi mochila a cuestas hasta que los zarandeos de los marroquíes que no querían dejar pasar la oportunidad de «guiar» a un indefenso europeo me despertaron de mi letargo. La sensación fue como de estar dentro de la escena de Star Wars en la cual pasean por el mercado de Tatooine. Esas construcciones antiguas, esa cantidad de diferentes razas, ese bullicio…

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Los expertos de la UNESCO deben estar de acuerdo conmigo (o yo con ellos) porque en 2001 declararon aquel lugar «Patrimonio intangible de la Humanidad». En el discurso de proclamación se pronunció la siguiente frase:

«The spectacle of Jamaa el Fna is repeated daily and each day it is different. Everything changes: voices, sounds, gestures, the public which sees, listens, smells, tastes, touches. The oral tradition is framed by one much vaster, that we can call intangible. The Square, as a physical space, shelters a rich oral and intangible tradition.» – Juan Goytisolo.

«El espectáculo de Jamaa el Fna se repite a diario y cada día es diferente. Todo cambia: las voces, los sonidos, los gestos, el público que observa, escucha, huele, saborea, toca. La tradición oral se encuentra enmarcada en una mucho mayor, que podemos llamar intangible. La plaza, como un espacio físico, refugia una tradición oral e intangible.» – Juan Goytisolo.

Pues bien, entrando más al detalle sobre este lugar, existen una cantidad de actividades muy típicas de él:

  • Los innumerables puestos de comidas fritas
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  • Los espectáculos con monos amaestrados
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  • Las mujeres que te ofrecen pintura de henna
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  • Encantadores de serpientes
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Respecto a los encantadores de serpientes. Es sorprendente. Se plantan delante de grandes cobras y consiguen que estas se yergan firmemente y se muevan al son de la música. Para mi fue algo impresionante, el verlo en directo.

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Para los que no hayan tenido ocasión de visitar Jemma el Fna. Lo primero recomendarles que lo apunten como algo a hacer en su vida. Y segundo, les dejo este vídeo para que se hagan una idea del ambiente festivo que emana de la plaza 24 horas al día y para que vean brevemente el ritual de hipnosis de serpientes que allí se produce:

Claro, tras todo esto, yo, mente inquieta y científico, volví a España preguntándome cómo lo harían, cómo era posible que un reptil fuese amaestrado de esta forma, que proceso de aprendizaje llevaban a cabo con ellos. No veía refuerzo positivo en forma de «premios» al comportamiento del animal, de modo que pudiese aprender por condicionamiento clásico. Y aún así, no parece el típico animal fácil de amaestrar. Además, se trataba de cobras de un tamaño, al menos respetable, y suelen ser bastante venenosas. De modo que, ¿cómo lo hacían?

Con el tiempo, informándome, encontré la solución , que aquí os explico:

  1. Las cobras están desprovistas de veneno. Les amputan los colmillos. Con lo cual, el peligro ya es nulo. Aunque este punto sigue sin explicar cómo las hipnotizan, pero ya justifica que las usen en su espectáculo.
  2. Las cobras son sordas. ¿Sorprendente verdad? Pues sí, son completamente sordas. Las serpientes no tienen sentido del oído. Por lo tanto no pueden escuchar las flautas que nosotros oímos en el vídeo anterior. ¿Entonces???
  3. Aquí va la explicación clave: Las cobras son letales en sus ataques, normalmente, pero sólo atacan cuando se ven amenazadas, muy amenazadas, ya que un ataque gasta demasiadas energías a nivel biológico, deben lanzarse, clavar los colmillos y gastar el veneno que tanto les cuesta producir. De modo que son precavidas y están siempre alerta pero no atacan si no es un peligro muy muy claro. Entonces, el «encantador» de serpientes se sienta frente a ellas, saca su flauta, la serpiente aún permanece relajada, pero en cuanto él comienza a hacer sonar la flauta esta se levanta al instante… El motivo es que el hombre no sólo hace sonar el instrumento, sino que lo mueve de izquierda a derecha acompasadamente. El reptil percibe un objeto (sin escuchar nada) que a una distancia más o menos cercana se mueve hacia un lado de forma sinuosa y eso le pone alerta porque su defensa se basa en el análisis de movimientos, y mueve su cabeza en esa dirección, luego en la otra, y así sucesivamente, sin atacar puesto que la amenaza no es significativa (la flauta no debe acercarse mucho ni hacer movimientos bruscos) pero sin relajarse (la flauta no debe estar demasiado lejos). De manera que el truco es ése, controlar la distancia de la flauta y que los movimientos no sean bruscos.

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Bien, pues lamento mucho haber quitado un poco de magia al mito del encantamiento de serpientes, pero os puedo asegurar que Jemma el Fna es mágico de por sí, que el aire que se respira en esa plaza te traslada a otro planeta y que merece la pena muy mucho empaparse de Marrakech en su núcleo vital.

PD: Observad esta última foto. Nos la hicieron desde la perspectiva del encantador. La imponente cobra observa su flauta. Y a mi, me pusieron una serpiente también al cuello, lo cual da aún mas sensación ambiental de peligro y de que controlan a los reptiles, aunque realmente la que yo llevo en el cuello es una culebrilla sin peligro alguno, pero añade más tensión a la escena. Una extraña experiencia la que allí vivimos.

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Mundos lejanos: algunas de mis fotos de viajes

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Mundos lejanos, un álbum en Flickr.

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Merece la pena … vivir

Todos estos años viajando me han enseñado una cosa. Me han enseñado que merece la pena, merece la pena el riesgo, merece la pena moverse, jugarse la integridad, vivir.

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Hay gente que ve la vida con cierto miedo, yo era un poco así antes, quizás por la educación recibida, la sobreprotección, la constante alerta ante el potencial peligro, pero es algo que he cambiado y mis viajes me han ayudado a ello. Y me gusta.

Hay gente que teme. Teme enfermar, herirse físicamente (o psicológicamente), cometer un error, quedar en ridículo (herida social), temen perder algo… Todo esto genera un estado de alerta que no deja disfrutar de la vida y que hace que te prives de grandes cosas. Mucha gente no podría hacer los viajes que yo y mis compañeros hacemos, a mí mismo, por esa mentalidad, me costó los primeros años.

Pero he aprendido que merece la pena. Y lo he aprendido por inundación. En occidente vivimos en una burbuja aséptica. Todo está limpio, los wcs huelen a lejía. Todo es seguro, los coches tienen cinturones de seguridad.

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Cuando estás en mitad de la selva tropical y ves a un niño andando descalzo a toda velocidad, te preguntas… ¿No teme clavarse algo? Piensas que puede ser inconsciente por ser joven, pero acto seguido ves detrás a un adulto haciendo lo mismo. Puede ser difícil de comprender desde una mente occidental con sobreprotección hacia su propio ser. La respuesta es: Sí, puede clavarse algo, pero las heridas curan y sin embargo la sensación de no preocuparse de ello es impagable.

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Cuando viajas en un autobús por mitad de Asia, adelantando en carretera de montaña por la derecha en cambio de rasante a toda velocidad, y lógicamente sin nada parecido a un cinturón de seguridad, te preguntas… ¿A esta gente le da igual morir?. Obviamente no, pero el riesgo propio de la vida primitiva está tan arraigado en su percepción que no sienten miedo. Esto es algo evitable, sí, pero cuando estás inmerso en estos países no puedes cambiar su cultura, o lo aceptas como parte del viaje o vuelves a Europa. Y es una experiencia enriquecedora. Acabas pudiendo dormir en esos autobuses cuando asumes que si, que tu vida está en peligro, pero que merece la pena por el conjunto de la experiencia.

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Estás comiendo fruta de un mercado al norte de África y te preguntas… ¿Cómo es posible que no se den cuenta que este alimento está sucio o en mal estado y puede ser perjudicial? Y no se dan cuenta, una vez más porque su percepción de la limpieza es completamente diferente. Y yo, soy de los que se lleva directamente el alimento a la boca, o como mucho lo limpio un poco con la camiseta. ¡Puedo enfermar! ¡Claro! Y de hecho mientras escribo esto arrastro una amebiasis desde hace varios meses que me traje de la India. Pero merece la pena el riesgo (¡y lo digo desde el porcentaje malo!) por saborear un mango fresco a bocados en un mercado tradicional a miles de kilómetros de tu casa. No olvidemos nuestra condición. Somos animales. ¡Estamos preparados para todo esto y más! Salgamos de nuestra burbuja.

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Estás en un albergue y ves pasar ratas y oyes infinidad de insectos de indescifrable naturaleza, y mientras escuchas a los locales roncar profundamente dormidos te preguntas… ¿Cómo puede ser que duerman con todos estos seres dando señales de vida? Pero si te paras a pensar, la presencia de una rata, o una cucaracha, ¿por qué motivo habría de impedirte el sueño?. No es lógico, sólo lo es bajo nuestra mente occidental. Pueden picarte mosquitos, arañas, pulgas. ¿Y qué?. No vas a morir por ello. Merece la pena llegar al punto de obviar el Universo de los insectos y roedores a cambio de un reparador sueño en mitad de una yurta en el desierto de Gobi.

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Todo esto no es sencillo de cambiar en uno mismo, de hecho es un largo proceso. Y cuando se viaja a estos lugares, y eso es algo que se comprende con el tiempo, no basta con volver y decir: «he aguantado», o «lo he llevado bien». No. Con el tiempo aprendes a: «he disfrutado cada segundo», «me ha encantado sufrir subiendo el Himalaya», «adoro la horrible comida del templo tibetano», «me encanta la experiencia de dormir en el suelo». Porque aprendes a valorar el todo, aprendes a valorar que merece la pena esa increíble experiencia que estás viviendo, ese poder ver la vía láctea, con la mayor claridad que jamás la podrás ver, desde lo más profundo de Etiopía mientras los mosquitos te cosen a picotazos. Estos viajes se disfrutan al 100% cuando el sufrimiento en ellos forma parte de ti, y no lo aguantas, lo disfrutas.

Por todo ello, aconsejo este tipo de experiencias para dejar de preocuparse en la vida, para entender que merece la pena vivir sin miedo pese a que la vida tiene riesgos, si, pero merece la pena correrlos porque el premio es mucho más valioso. Puede pasarte algo horrible. Por supuesto. Pero el 99% de las cosas que te pueden pasar tienen arreglo, y vivir con menos miedos y preocupaciones no tiene precio. Esto es algo que he aprendido caminando por el mundo.

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Y ya en tu día a día, los inconvenientes, los malos momentos, las incomodidades. Se ven de otra forma. El premio de vivir y poder experimentar y disfrutar es suficiente motivo para aceptar que todo lo demás entra en el pack. Y también en el mundo más civilizado se puede disfrutar de los malos momentos si evaluamos el todo. No vivimos nada mal aquí…

Aunque hay mucho que aprender de allí…

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La sonrisa de un niño

Estás en Irlanda, en un tren camino a Malahide. Quizás estás en Camerún, en un autobús, volviendo de Kribi dirección a Douala. O tal vez vas en el Trans-siberiano cruzando la frontera entre China y Mongolia. De repente, en ese transporte público en el que pasas tantas horas, en un lugar tan extraño para tí hay una madre con un niño. Y el niño te mira, eres diferente, eres blanco caucásico, te mira fijamente y sonríe sin dejar de clavar sus ojos en los tuyos…

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En ese momento todo un mecanismo de procesos cerebrales te conducen a la empatía, te llenas de vida por dentro. La sonrisa de un niño es la sonrisa de un niño, da igual su color, o su raza, quizás es pelirrojo y con pecas, quizás asiático de ojos rasgados, quizás es negro. Es imposible no devolver esa sonrisa. Es curioso nuestro instinto de protección y ternura y lo profundo que llega un gesto tan sencillo. Lo tenemos muy marcado en nuestro ADN.

Recuerdo perfectamente tres sonrisas en las tres situaciones que he expuesto al principio. Recuerdo a esos tres niños…

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